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Tándem: La historia de dos pequeños al pecho

 

Embarazo:

 

Me embaracé de mi tercer hijo cuando Mateo tenía año y medio, ya en ese momento La Liga de la Leche era parte de mi vida  y estaba decidida: continuaría la lactancia durante mi embarazo. Leí cuanto pude al respecto, no conocía a nadie que estuviera viviendo la experiencia, pero eso no me desanimó; conversé con mi pareja, hicimos acuerdos al respecto y me adentré en este profundo y mágico mundo de alimentar el cuerpo y alma de dos al mismo tiempo. 

 

Las críticas y comentarios inoportunos no se hicieron esperar. A pesar de contar con información adecuada y apoyo, era doloroso escucharlas, muchas desinformadas como: “el bebé en el vientre no va a poder recibir lo que necesita”, hasta otras muy violentas en las que le decían a mi hijo: “Le estas robando su leche a tu hermanito”

 

Recorriendo ese camino descubrí que más allá de la desinformación y los prejuicios encontraría también la fuerza, determinación y amor para avanzar y aprender cada día de esta experiencia TAN nueva y compleja. Conversé con mi doctora haciéndole saber mi decisión de amamantar y ella fue respetuosa.

 

Como era de esperarse la sensibilidad en los pezones se hizo presente. Fue en las primeras semanas de embarazo. Ofrecer alimentos saludables al ahora hermano mayor con anticipación me daba chance de hacer las tomas más espaciadas y poder ir superando la sensibilidad poco a poco. Funcionaba casi siempre. Cuando no funcionaba entonces ofrecía el pecho por períodos cortos, tratando de distraer con canciones, juegos y presencia. El cambio en el sabor y cantidad de la leche también llegaron, no se dio el destete (como en algunos casos). Mateo continuaba mamando y nos encontrábamos incontables veces entre brazos y miradas y aprendimos a acoplar nuestros cuerpos mientras mi barriga crecía y crecía.  En esos momentos iba acumulando la fuerza para continuar y poder responder con una sonrisa a las críticas, otras veces con silencios, y otras con argumentos.

 

Descubrí a ese morenito que se alimentaba de mí y empezaba a escuchar que pronto compartiría su leche con ese pequeñín que se movía en mi vientre. Empezaba a sembrar semillas de empatía y respeto, y yo seguía aprendiendo que esto que hacía era mucho más que dar alimento.

 

Preparándome:

 

Pensé en la manera de hacer posible un espacio para poder jugar y atender a Mateo para que pudiera ir asimilando la idea de compartirme, y yo poder amamantar al pequeño en camino. Así que organicé un espacio de juegos que incluía una pequeña mesa, un par de sillas,  rompecabezas, crayones, pinturas, plasticina, bloques, libros. También cerca de la cama coloqué algunos juguetes silenciosos y libros para ser usados cuando estuviéramos todos allí descansando.

 

Empecé a disminuir las tomas nocturnas.  Escuchábamos una canción, “cuando termine la canción tu terminas de mamar,” le decía y entonces nos hundíamos en miradas y arrumacos.  Era “nuestro momento”. Explicar que nos separaríamos unas noches por la llegada del bebé se volvió un tema frecuente, hicimos planes y buscamos apoyo en familiares para llevarlos a cabo con compasión y en la mayor armonía posible.  Busqué ayuda para las cosas de la casa y traté con anticipación de explicar y pedir lo que necesitaría. Noté como cada vez avanzaba más confiada, más enamorada.

 

Tener un cargador ergonómico fue vital. Me permitía cargar y amamantar a Mateo sin causar molestias a la inmensa barriga que ya tenía.

 

La Llegada:

 

Llegó el hermoso Joaquín y nos fundimos en amor (y leche) desde su primera hora de nacido. Llegar a casa con el hermanito menor fue una aventura, leche, brazos, mirada, contacto y calor, que también pedía y necesitaba su ahora compañero de pecho… (suspiro). Cuánta inmensidad!! A ratos me sentía llena, otros vacía, expectante, flotante.  Yo también necesitaba brazos, mirada y cobijo. Dicha inmensa mi compañero de vida! Dispuesto y amoroso!

 

Colechar nos permitió facilitar las tomas nocturnas; el tercero de mis mosqueteros dormía sobre mi pecho toda la noche y de día estaba todo el tiempo pegadito a mí en nuestro cargador.  Era ganancia, mamaba con facilidad y yo tenía los brazos libres para atender y abrazar a Mateo.

 

El tándem no representa amamantar a los dos al mismo tiempo, aprendí a decir “no” aunque fuera difícil. Necesitaba yo cuidarme también y no sentirme obligada a dar cuando me sentía vacía. Poco a poco fuimos conociéndonos, acoplándonos, respetando nuestros ritmos y siendo uno a la vez.

 

Puedo asegurar que es imprescindible tener una tribu que sostenga y  contenga.  En el camino fui conociendo a otras mujeres con la misma elección y es un alivio sentirse acompañada. Ya es la maternidad suficientemente profunda como para atravesarla en soledad. Es vital la compañía desde el amor y la empatía.

 

Después de dos años y medio en tándem el destete de Mateo llegó. Joaquín está a unos días de soplar su tercera velita y no nos hemos separado, él toma mi leche y yo me nutro de su amor puro y desinteresado. Desde mi experiencia puedo decir que amamantar en tándem es hermoso, es amor doble y triple, es entrega y recompensa, es cansancio y también es plenitud, no es fácil, pero sí posible!

 

Continúo navegando en este océano tan mágico como revelador donde a ratos me veo desde mi sombra y otros desde esa particular luz radiante de maternar en libertad y consciencia.

 

Nissely Herrera

Lideresa Liga de la Leche Guatemala

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